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18/09/2012

 

Dejar huella significa haber sido un “antes y un después” (positivamente hablando) en las personas con las que interactuamos en algún lugar o posición por este viaje llamado vida.

 

Ha pasado bastante tiempo, pues esta anécdota me ocurrió en 1992. Luego de profundas y exhaustivas investigaciones de posibles becas recorriendo todas las embajadas y oficinas comerciales del país (recordemos que algunos de nosotros crecimos sin Internet…) finalmente había logrado identificar un postgrado en Holanda al que definitivamente quería solicitar mi admisión. Después de dos meses gestionando toda la información requerida, de obtener una difícil cita y de esperar por casi tres horas para ser recibido el día de la misma, al fin había llegado la “hora cero”.

Era mi turno de presentar la documentación para aplicar para la beca. Nervioso y consciente de que no hay una segunda oportunidad para causar una primera impresión, me acerqué lentamente a la ventanilla donde, del otro lado del cristal, estaba una señora mirando hacia abajo mientras leía unos documentos. Su función era la de determinar qué expedientes eran aptos para enviar a Holanda para evaluación y cuáles no. Sin levantar la cabeza, la señora me preguntó qué quería y una vez le respondí, me pidió la documentación. Sin inmutarse, y aún sin levantar la cabeza, me preguntó en tono tajante por qué quería ir a estudiar a Holanda, a lo cual obviamente respondí con un discurso ensayado en más de cien ocasiones para no decir nada que fuese a minimizar mis posibilidades. Aún sin levantar la cabeza y sin la más mínima muestra de expresividad, la señora revisaba una y otra vez la documentación. De repente, se quedó totalmente congelada mirando por cinco segundos algo que, por lo visto, le había llamado la atención en la documentación. A cámara lenta, y mientras se quitaba las gafas, levantó la cabeza y por primera vez me miró a la cara, interrumpió abruptamente mi “discurso” y me preguntó en tono intimidante y mirándome fijamente a los ojos: “¿Su padre es Héctor Díaz Newman, el profesor?” Tras responderle con un sí temeroso ante tan intenso tono de la pregunta, aquel rostro frío e inexpresivo se transformó en una gran sonrisa acompañada de una frase que jamás olvidaré: “Ese señor fue el mejor profesor que yo tuve; por favor, dale muchísimos saludos”. De ahí en adelante el tono de la entrevista cambió radicalmente.

Bueno, no únicamente el tono pues, para no agobiarles con los detalles de la historia, sólo les diré que mientras escribo esta nota estoy mirando el diploma de ese postgrado. Mi padre definitivamente había “dejado huella” en esta ex alumna y yo, su hijo, había cosechado los frutos…

No es la intención de este artículo hablar de las virtudes docentes de mi padre ni compartir una más de mis anécdotas personales. Simplemente me parece ilustrativo este ejemplo que evidencia  la importancia de siempre dejar huella. ¿Pero, qué es realmente “dejar huella”? Dejar huella es dejar una “estela positiva por algo” en la memoria de todos y cada una de las personas con quienes interactuamos, sea por tres segundos o por toda una vida. Dejar huella significa también de haber sido un “antes y un después” (positivamente hablando) en las personas con las que interactuamos en algún lugar o posición por este viaje llamado vida. De igual forma, dejar huella consiste en que, si bien nuestras palabras o acciones pueden haber sido incomprendidas en su momento, transcurrido el tiempo y vistas en perspectiva, todas y cada una de ellas cobren sentido y justificación.

Si bien esto definitivamente ayuda y nunca está de más, el dejar huella no se trata sólo de agradar, de caer bien o de que todos digan que tú eres bueno. No estamos hablando de ganar un concurso de popularidad. De hecho, si miramos retrospectivamente, a muchas de las personas que dejaron huella en nosotros, en ese momento los consideramos injustos, ya fuese por ignorancia o por incomprensión. Y si nos vamos más allá, muchos de los grandes personajes que han dejado una huella más profunda en la humanidad fueron incomprendidos en su momento.

¿Quién no recuerda con agrado a aquel jefe o entrenador que tanto esfuerzo nos obligó a dar (pero a quien agradecemos el habernos inculcado la disciplina y conocimientos que tanto nos ayudan en la actualidad) o a aquel padre que nos castigó “injustamente” por haber hecho una tontería (pero a quien agradecemos el habernos inculcado los valores que nos acompañan hoy)? Estas personas dejaron huella no por “ser buenos”, sino porque hoy valoramos lo que aportaron a nuestra vida en un momento determinado. Incluso si todavía hoy no aprobamos su forma de hacerlo, viendo las cosas en perspectiva, valoramos y apreciamos la nobleza de sus intenciones.

Para dejar huella no hay que ser alguien importante ni una persona cercana ni compartir por mucho tiempo con alguien. ¿Acaso no deja huella el camarero que nos recibe con una sonrisa, nos llama por nuestro nombre y nos pregunta si queremos nuestro plato preferido preparado como siempre? ¿O el carnicero del supermercado que nos guarda todos los martes nuestro corte tal y como nos gusta? ¿O el extraño que nos ayudó desinteresadamente luego de un accidente y al que quisiéramos volver a encontrar para darle las gracias? ¿O aquel sereno que nos dio una cátedra de honestidad al devolvernos la cartera que se nos cayó sin darnos cuenta y que no aceptó un céntimo a cambio? A ejemplos como éstos podría dedicar cien páginas, pero creo que son más que suficientes para ilustrar mi punto de vista.

Practiquemos el arte de intentar siempre dejar huella. No importa qué imagen actual nuestra puedan tener los demás, pues cada día es un renacer y una oportunidad nueva de intentarlo. Demos un buen consejo, apoyemos una causa, digamos un cumplido, enseñemos a alguien, corrijamos empáticamente... En resumidas cuentas, realmente cuesta poco hacerlo y su trascendencia es mucha, ya que lo único que nos hace eternos son las vivencias que dejamos en los demás. Y estas vivencias sólo se logran dejando huellas…

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