Mundial Alemania 2006 – La visión cristiana y eclesial del deporte Articulo escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de Ecclesia Reflexiones sobre las luces y las sombras del deporte en los días del campeonato mundial de fútbol.
Nada humano le es ajeno a la Iglesia. Y el deporte, tampoco. La frase latina "Citius, fortius, altius" es el lema legendario del deporte. La frase, cuya traducción es "más rápido, más alto, con más fuerza. Fue creación de un dominico francés y debería ser también un espléndido lema para nuestra vida cristiana. "Más rápido, más alto, con más fuerza".
La también célebre máxima olímpica y deportiva "lo importante no es ganar sino participar" fue asimismo pronunciada y acuñada por otro cristiano, en este caso, por un Arzobispo anglicano. Esta frase, este lema, y el anterior están cargadas de fuerza, de belleza y de interpelación también -como dije antes- para nuestra cotidiana vida humana y cristiana.
San Pablo, al final de su vida, decía que había "corrido bien, que había combatido bien el combate". La vida cristiana es, en efecto, prueba, carrera y hasta lucha. No importa tanto llegar el primero, sino que cada uno, con el don que ha recibido, llegue cuando tenga que llegar -eso sí- en superación y esfuerzo cotidianos por servir y amar cada vez más. "Citius, altius, fortius". "Más rápido, más alto, con más fuerza". "Lo importante no es ganar sino participar"..., con amor y en servicio, que es el mayor récord, la imperecedera medalla, la mejor plusmarca de la vida.
Sección pastoral "Iglesia y Deporte"
En el verano de 2004, la Santa Sede creaba una nueva sección y organismo pastoral, llamado "Iglesia y deporte", constituida en el seno del Pontificio Consejo para los Laicos. Justificaban la creación de este organismo pastoral la relevancia actual del deporte, tanto a nivel personal como global, y las tendencias que han alejado las prácticas de las diversas disciplinas de los ideales originarios del deporte.
De ahí, que la Iglesia está llamada también a ocuparse del deporte, al que define como "uno de los puntos neurálgicos de la cultura contemporánea y una de las fronteras de la nueva evangelización". Por ello y para ello, a esta nueva sección "Iglesia y Deporte", inserta en el Pontificio Consejo para los Laicos, el Santo Padre Juan Pablo II confía cinco grandes objetivos:
1.- Ser en la Iglesia punto de referencia para las organizaciones y acontecimientos deportivos nacionales e internacionales.
2.- Sensibilizar a las Iglesias locales a la atención pastoral de los distintos ámbitos deportivos, estimulando la colaboración entre las asociaciones deportivas católicas.
3.- Favorecer una cultura del deporte que promueva una visión de la actividad deportiva como medio de crecimiento integral de la persona y como instrumento al servicio de la paz y de la fraternidad entre los pueblos.
4.- Proponer el estudio de temáticas específicas al deporte, sobre todo desde un punto de vista ético.
5.- Organizar y sostener iniciativas adecuadas y suscitar testimonios de vida cristiana entre los deportistas.
La Iglesia, con la creación de este organismo, desea, en suma, promover una práctica deportiva que sepa acoger con espíritu constructivo las complejas exigencias dimanadas en la actualidad de la actividad deportiva con los valores propios de la dignidad de la persona humana, de modo que el deporte sea así escuela de virtudes e instrumento de paz, de bienestar y convivencia entre los pueblos.
El Papa deportista
Con motivo de la celebración del Año Jubilar Romano 2000, en el mes de octubre de aquel memorable año santo, el Papa Juan Pablo II, que fue un espléndido y habitual deportista, convocó el Jubileo de los Deportistas en el estadio Olímpico de Roma. En aquella ocasión jubilar el Santo Padre definía el deporte como "la actividad secundaria más hermosa del mundo" y "como instrumento importante para la construcción del hombre integral y para la edificación de una sociedad más fraterna y solidaria".
El deporte, "uno de los fenómenos más típicos de la modernidad", "signo de los tiempos capaz de interpretar nuevas exigencias y nuevas perspectivas para la humanidad", promueve, según el Santo Padre, "valores importantes como la lealtad, la perseverancia, la amistad, la compartición y la solidaridad", de modo que los deportistas y los demás agentes deportivos deban hacer del deporte "una ocasión de encuentro y de diálogo más allá de cualquier barrera de lengua, raza y cultura".
En el citado jubileo de los deportistas, Juan Pablo II dio gracias a Dios por el don del deporte, "en el que el hombre pone a prueba cuerpo, inteligencia y voluntad, reconociendo en estas capacidades otros tantos dones del Señor".
La visión del deporte de parte de la Iglesia es también susceptible del examen de conciencia de parte de deportistas, directivos, agentes deportivos, medios de comunicación y aficionados y seguidores. Este examen de conciencia debe "detectar y fomentar los muchos aspectos positivos del deporte" y captar también "las situaciones transgresivas a las que el mismo puede rendirse" de manera que "responda sin desnaturalizarse a las exigencias de nuestro tiempo".
Los obispos portugueses y el deporte
Hace dos años, ante el campeonato europeo de fútbol de Portugal´2004, los obispos de la Conferencia Episcopal Portuguesa hacían pública una interesante Nota Pastoral, en la que hablan del deporte como servicio a la persona y como encuentro entre los pueblos.
Así, según los prelados lusos, en el plano personal e individual, el deporte "contribuye a preservar y mejorar la salud, proporcionando una serena distensión, una sana ocupación del tiempo libre, una forma de aliviar los inconvenientes y las dificultades de la vida moderna. Además de ello, el deporte -prosiguen los Obispos de Portugal- educa al hombre en la pedagogía del esfuerzo, del compromiso, del sacrificio, de la generosidad, en la busca de los valores más elevados, en la superación de los límites, en la apuesta por una vida dotada de valores y objetivos", contribuye a liberar al hombre "de todas las formas de egoísmo y potencia la honradez, el altruismo, el respeto a los demás y el respeto a la naturaleza". En suma, el deporte ayuda a "una vida más plena" ya que "la victoria auténticamente humana y deportiva es la dignificación de la persona" y de la humanidad.
Por ello, el deporte sirve a la comunidad humana y "puede constituir un elemento significativo para la realización del hombre como ser social. El deporte facilita la integración en el grupo, donde el hombre puede encontrar a compañeros que comparten sus mismos desafíos y luchan por objetivos idénticos".
El deporte en la sociedad está llamado a ser "vehículo de civilización y a contribuir a la edificación de una sociedad más fraterna, más solidaria y más humana". El deporte es asimismo y por lo tanto escuela de valores como el respeto a los demás, la magnanimidad, la fraternidad, el sentido de la disciplina, la pertenencia a un grupo, el afán de superarse, la comprensión, la tolerancia, la convivencia entre pueblos, razas y culturas distintas y "la difusión en el mundo de la nueva civilización del amor".
Luces y sombras
La gran popularidad del deporte, especialmente del fútbol, manifiesta igualmente, entre sus luces, la posibilidad de desarrollar la dimensión lúdica, festiva y alegre de la vida y dar espacio y realización a la fiesta, la creatividad, la valorización del cuerpo, la promoción de la grandeza y de la dignidad del ser humano, la educación en virtudes y la contribución a un mundo más unido y tolerante.
La gran popularidad e inmenso poder mediático del deporte no está tampoco exento de sombras. A este respecto, y en alusión, de nuevo, al Papa Juan Pablo II, los Obispos portugueses, alertan también para que el deporte no absorba "de tal manera al hombre que le lleve incluso a prescindir de sus responsabilidades religiosas, particularmente en lo que se refiere a la vivencia litúrgica del domingo... Por el contrario, en el día del Señor, la actividad deportiva ha de insertarse en un ambiente de serena distensión, que favorezca el encuentro y el crecimiento en la comunión, especialmente familiar.".
La Conferencia Episcopal de Portugal, en referencia al deporte profesional y, en particular, al fútbol, advierte asimismo de la "pérdida progresiva del sentido del como auténtica actividad lúdica y la falta de transparencia en negocios deportivos", que convierten muchas veces al deporte en una hipercomercializada, vivida la bajo la presión de obtener éxito y réditos a cualquier precio, con derivadas negativas como los deplorables espectáculos de "discursos agresivos dirigidos a los adversarios, destinadas a decidir el juego fuera del campo, presiones sobre árbitros, manipulaciones de la opinión pública" y un largo etcétera de todos conocido...
El fenómeno de la exaltación y radicalización de algunas peñas deportivas, relacionadas con episodios de intolerancia, agresividad y acciones violentas; el uso de sustancias químicas "dopantes"; la fabricación de deportistas-ídolos; la manipulación del deporte con interés políticos, electorales o económicos; y la corrupción de agentes deportivos son igualmente algunos de los graves riesgos de los que hay que liberar al deporte, por actividad profesional que sea.
Por todo ello, deportistas, aficionados y agentes deportivos, deben hacer del deporte una diversión sana, una profesión honesta, una expresión de arte y de belleza, una fiesta del encuentro y de la unión, evitando que el deporte sea factor de división, de conflicto, de tensión o de enemistad.
Retos para todos
El primer de estos retos y desafíos es hacer de las competiciones deportivas "una fiesta de los pueblos, una encuentro de culturas", una ocasión propia para afirmar la vocación del ser humano y de la sociedad en pro de la hospitalidad, la acogida y la fraternidad desde claves de diálogo, tolerancia y colaboración y en actitud de acogida y apertura hacia las clases más desfavorecidos, que deben ser también promocionadas por la industria del deporte.
El gran vencedor de las competencias deportivas debe ser el hombre, el ser humano en su conjunto, "con sus elevados valores de lealtad, respeto recíproco, generosidad y belleza". El deporte no puede jamás un elemento de alienación sino de liberación, de solidaridad y de renovada llamada "a las responsabilidades que cada uno tiene con para Dios y para con los demás".
Para ello, a los atletas y deportistas hay que pedirles que sigan dignificando el mundo del deporte aportando no sólo lo mejor de sus fuerzas físicas, sino también y sobre todo, promoviendo los valores de lealtad, solidaridad, corrección y respeto al otro, inherentes a la esencia de la actividad deportiva.
A los directivos es necesario reclamar una gestión deportiva justa y equilibrada y la promoción, en el ejercicio de sus responsabilidades, de actitudes de transparencia, verdad, honradez y "juego limpio", dentro y fuera de los estadios.
También los periodistas están llamados de manera decisiva a colaborar en una auténtica cultura del deporte desde la búsqueda de la verdad, la objetividad y la información libre y ponderada, que evite el fácil recurso del sensacionalismo y de la exageración.
Decálogo de las virtudes del deporte
1.- El deporte, tanto personal, como colectivo, tanto amateur como profesional, fomenta la cultura del esfuerzo y de la generosidad.
2.- El deporte es ámbito privilegiado para el desarrollo de la dimensión lúdica y festiva del ser humano, que nació también para la fiesta.
3.- El deporte favorece la valorización realista del propio cuerpo humano y de sus posibilidades, ayudándonos también a reconocer las propias limitaciones.
4.- El deporte ayuda a la salud física y psíquica de las personas.
5.- El deporte educa y forma en virtudes como la fortaleza, templanza, prudencia y justicia.
6.- El deporte conlleva en su misma esencia otra importante dimensión social: la potenciación y el redescubrimiento de que la persona humana necesita de los demás y pueda así desarrollar también su "ser social" y sociable.
7.- El deporte contribuye a valorar la importancia de trabajar en equipo.
8.- El deporte construye un mundo sin fronteras y debe contribuir a la creación de una sociedad más humana y más solidaria.
9.- El deporte promociona a todas las personas, facilita la igualdad, rompe barreras de raza o condición y debe servir, de este modo, como factor desarrollo de los pobres.
10.- El deporte desarrolla actitudes personales y sociales tan importantes y vitales como la ejercitación y la prueba, la disciplina, el aprendizaje, la convivencia, la tolerancia, el respeto a los demás, la solidaridad, la magnanimidad, el intercambio y el enriquecimiento mutuo.
Escrito por Jesús de las Heras Muela - Director de Ecclesia Volver | Versión imprimible | Enviar a un amigo |